Pibe inolvidable, genio Aimar
«Tiene algo de Maradona«, se dice en el fútbol argentino cuando algún joven parece que puede reencarnarse en el astro nacido en Buenos Aires. «Sí, los pantaloncitos cortos», responden los que saben que ya no habrá ninguno igual. «Maradona es único, y lo sabes», recelan los más puritanos con el matiz de Julio Iglesias. Puede que todos tengan su parte de razón. Puede que ninguno la tenga. Quizá hoy, lo más parecido al ‘Barrilete Cósmico’ sea Leo Messi, aunque hasta su irrupción en el mundo del fútbol, pocos son los que se han podido acercar al ideal de la figura, del que dicen ha sido el mejor jugador de la historia del balompié, eso sí, con permiso de Pelé.
En ese proceso de transición entre la era post-Maradona y pre-Messi, apareció un chaval callado, tímido ante la prensa y los extraños, muy unido a su gente, educado y humilde. Un pelotero elegante en idilio permanente con el balón. El Payo Aimar, su padre, jugó en Newell´s y en Belgrano de Córdoba. Al sur de esta provincia, en Río Cuarto, nació Pablo César en la madrugada del 3 de noviembre de 1979. Un año antes la selección argentina había ganado su primera Copa del Mundo, y el pibe, recién nacido, fue llamado Pablo, como quería la madre, pero también César, en homenaje a César Menotti, el seleccionador de Argentina por aquel entonces. Ahí, en ese detalle, el padre ya dejaba claro cuál iba a ser el camino que tenía que escoger su hijo: ser futbolista profesional.

A los 11 años, Aimar llegó a la cantera de River procedente de Estudiantes de Río Cuarto, su ciudad natal. A los 16, Pablito ya la rompía en las categorías inferiores. Y, un día que se entrenaba con los mayores ante el Colón de Santa Fe -Francescoli, Ortega, Burgos…-, uno de ellos, el negro Altamirano, cansado de las virguerías del pibe, trató de cazarlo en una entrada por detrás. Llegó tarde. Había volado. Altamirano se dio de bruces con el suelo ante las risas de sus compañeros. De nada le sirvió tratar de cazar los tobillos de Aimar durante el resto de la sesión. Llegaba tarde. Lo dejó dicho quien fuera su ídolo en River, el uruguayo Francescoli: ‘Aimar es diferente, siempre va un segundo por delante de los demás’. Lo ratificó el que fuera seleccionador argentino, Marcelo Bielsa: ‘El fútbol es menos dramático cuando lo ejecutan los que saben. En 10 minutos, Aimar demuestra que no es tan complejo’.
Desde entonces, le llovieron los elogios. Nada menos que Maradona lo consideraba su favorito («de los jugadores argentinos, es el que más me gusta», decía El Pelusa); y Kempes aseguraba que el fichaje era perfecto para combatir la exigua creatividad que el Valencia sufría en esa temporada (2000/2001). Un chaval de apenas 1’70 metros y 62 kilos se presentaba en Europa con un currículum más que notable: 22 goles en 84 partidos de la Liga argentina, ganador del torneo Apertura de 1999 y el Clausura de 2000 y campeón del Mundial Sub-20 de Malasia en 1997, formando una sociedad mágica con su rival de Boca y sin embargo amigo, Riquelme.
El descubrimiento de José Pekerman
Hasta 1994 Argentina fue prestigiosa por sus títulos de adultos, pero no por su selección juvenil. Yo pensé que si había grandes jugadores adultos era porque algún día fueron niños con talento. Por esa razón, cuando asumí como responsable el mando de las selecciones juveniles, decidí no respetar la lógica que dice que basta con llamar por teléfono a los clubes profesionales porque son los que, supuestamente, ya han rastreado a los chicos por todas las regiones. Viajé yo mismo para elegirlos; y así llegué a Río Cuarto, una pequeña ciudad de la provincia de Córdoba donde se jugaba una Liga local. Allí, en el Estudiantes de Río Cuarto, vi a Pablito Aimar.
Estaba con otro técnico de la AFA, el actual seleccionador juvenil, Hugo Tocalli, al borde del campo, mirando los desplazamientos de aquel jugador que era el más pequeñito de todos. Parecía que flotaba. ‘Es una gacelita‘, le dije a Hugo; ‘va por el aire’. Pocas veces había visto un jugador tan joven con un fútbol tan vertical. Con cada gesto hacía un esfuerzo por llegar al gol. Tenía dos piernas como dos palillos. Pensamos: ‘No va a haber pantalones de su talla, le van a sobrar por debajo de las rodillas‘. Pero no importaba. Estábamos formando una selección Sub 17 y había que apostar por el futuro.
Me acerqué a él y a un grupito de esos chicos y les dije: ‘Hola, soy el seleccionador del equipo juvenil de Argentina. Me gustaría invitarlos a Buenos Aires a que participen en la selección’. Aimar fue el más reticente de todos. Me dijo: ‘¿Pero usted cree que yo puedo ir a la selección? Yo no soy tan bueno’.
Pablo César tenía 14 años y le sucedía algo que también le había pasado a Redondo en Argentinos Juniros: no sabía si dedicarse al fútbol o estudiar. Cuando hablé con su padre para saber por qué tenía ese temor, cuando normalmente los chicos reaccionan al contrario, supe su historia. El padre de Aimar había sido un gran futbolista, muy conocido en la zona, pero que nunca había salido de la Liga regional. Había habido una resistencia a seguir un camino que pensaban que no era para ellos. Algunos chicos temen que como profesionales no podrán disfrutar del fútbol haciendo cosas como tirar caños. Pero su padre lo comprendió inmediatamente y Pablito se fue a vivir a Buenos Aires.
Aimar jugó el Mundial Sub 17 de Ecuador con 15 años y sin pertenecer a ningún club. Argentina terminó tercera y la FIFA resolvió darle el premio al mejor gol del torneo. Había sido una jugada de varias combinaciones y él había dado el último toque. Cuando le ofrecieron el galardón dijo que no se lo podían dar porque el último toque no lo había dado él, sino que la pelota había pegado en un contrario: ‘Fue gol en contra’, decía. Los técnicos de la FIFA se quedaron tan asombrados que ahí mismo le dieron un premio al fair play.
Palabras de José Pekerman para el periódico El País.
El debut con la camiseta blanquinegra

Martes 14 de febrero de 2001. Mestalla abría sus puertas para albergar el partido de Champions entre Valencia CF y Manchester United. En el once titular, un nombre propio: Pablo Aimar. Una de las mayores promesas del fútbol argentino pisaba por primera vez el césped del campo ché. El futbolista más caro de la historia del club. ¿Y cual fue el resultado? El marcador no se movió pero la grada vivió una noche excelsa, como no se recordaba en la capital del Turia. Tuvo gran fútbol, repleto de detalles y de emociones. Aquellas que suelen proporcionar los mejores peloteros. Y ese día las hubo por doquier. Aimar, por ejemplo: un futbolista formidable, un descubrimiento que dejó extasiado al público valenciano. Se estrenó en Valencia, en España y en Europa con un descaro sólo a la altura de su fama. Ni siquiera la impertinente lluvia pudo exterminar su ingenio. El menudo jugador argentino le dio el toque de distinción que tanta falta le hacía al Valencia. El campo no estaba para sutilezas, pero aún en esas circunstancias sobresalió la inteligencia de los mejores, categoría en la que había que situar inmediatamente a Aimar. Sus movimientos, sus toques y sus desmarques así lo atestiguaron a las primeras de cambio. Y sus regates, por supuesto. Aimar confirmó que se trataba de un futbolista especial, de aquellos que, como advirtió Maradona, satisfacían a quien pagaba una entrada para verlos. El público de Mestalla, desde luego, se marchó más contento que nunca. Había descubierto a un talento. Y eso solo era el comienzo.
Acostumbrado a ser el niño mimado del entrenador de turno, no lo fue ni con Héctor Cúper ni con Rafa Benítez. Aimar vivió en silencio la marginación. El que fuera técnico del Real Madrid desconfió de su juego durante gran parte del campeonato: hasta que no le vio definir los partidos por sí mismo, no le garantizó la titularidad. Hasta que no le vio jugar a la europea, al primer toque, no le dejó acabar los encuentros. Un rechazo al que se unió parte de la prensa y que, tal vez, le sirvió para curtirse, para convertirse en un futbolista mucho más completo. Capaz no solamente de dejar detalles sublimes, sino de llevar las riendas de su equipo en los momentos decisivos. Su evolución se acabó apreciando, sobre todo en que conducía mucho menos el balón y en que se había quitado la ansiedad que lo agarrotó en los comienzos, cuando quería convertir cada jugada en una obra de arte. «Se ha enriquecido«, decía su técnico, Rafa Benítez. «Como es inteligente, ha entendido que, por nuestro sistema de juego, debía buscar más la portería. Mejorar la finalización. Y, puesto que técnicamente es tan bueno, incluso de cabeza, lo está consiguiendo», añadía.
Así hablaba el periodista Julio César Iglesias del argentino tras sus actuaciones con el Valencia: «Cuando se ponía en movimiento, sus maneras se correspondían exactamente con sus hechuras. Obligado por la necesidad, renunciaba al juego de choque, pero imponía a los contrarios una costosa tarea de persecución y no se privaba de usar ni uno solo de los recursos que hacen al mosquito el peor enemigo del elefante. Revoloteaba, corría, saltaba, desaparecía, picaba, escapaba y, luego, al primer descuido, volvía a zumbar a la oreja del defensa central en un asedio interminable. Aunque conocía sus propias limitaciones, jugaba con una sencillez que rayaba en la arrogancia y con un desenfado que rayaba en la osadía».
La estrella intermitente

Sintió que el Valencia lo necesitaba y jugó lesionado la gran mayoría de encuentros, sin recuperarse de una dolencia en el tendón de Aquiles. Las críticas le llovieron por su rendimiento más que discreto, aunque su entrenador salió al paso para reafirmar su compromiso con el club. Infiltraciones, dolores y tribuneros. Contra todo tuvo que lidiar. Tocado anímicamente llegando hasta el punto de que en el banquillo de Mestalla, apenas podía contener las lágrimas. Impotente por no haber podido jugar. Y si echaba la vista atrás, aún tenía más motivos para lamentarse: no había disputado más de tres partidos completos seguidos desde que aterrizara en el Valencia, en enero de 2001.
Sufrió una fisura maxilar que lo apartó durante un largo tiempo de los tendidos verdes. Y en su vuelta, se tuvo que enfrentar a Claudio Ranieri, un entrenador que para él, tener la pelota era más un estorbo que un privilegio. Una fractura nasal y una meningitis vírica fueron los últimos detonantes en sumarse a su historial médico. Un drama para él. Cúper, Benítez y Ranieri le habían mirado con recelo por su fragilidad física y sólo con Quique Flores pareció volar con libertad. Con la gente de uñas por el adiós de su ídolo, el ‘Pibe’ se dio cuenta de que era el momento de partir de Mestalla tras seis años en la disciplina ché. Dos Ligas, una Copa de la UEFA y una Supercopa de Europa eran su bagaje. Y, sobre todo, la única pizca de creatividad en un equipo muy metalúrgico. El jugador hizo las maletas y buscó un cambio de aires, un equipo que le convirtiera en su líder, al estilo de Riquelme en el Villarreal.

Finalmente no jugó con su amigo Juan Román, pero sí lo hizo con su compatriota, Jorge D’Alessandro, en el Zaragoza. 11 millones de euros tuvieron la culpa. La Romareda en pie. Llegaba el mago Aimar. Nada más aterrizar, Víctor Fernández le llamó a su despacho. «Tienes que ser la referencia ofensiva, abrir los huecos en las defensas rivales, poner la pausa o la aceleración al partido y, además, marcar las diferencias», le soltó el técnico con voz queda, como si fuera una orden sobreentendida. Pablo Aimar aceptó el reto. Pasado el tiempo, solo hubo elogios, pese a que la rodilla y las lesiones musculares volvieron a marcar su etapa en el conjunto maño. Compartió vestuario con uno de los mejores equipos que han vestido la camiseta blanquiazul pero en su última campaña no pudo ser el hombre referencia y no logró evitar el descenso a Segunda División.
La sonrisa del ‘payaso’

Aimar recuperó la felicidad en el Benfica, donde en plena madurez demostró que seguía atesorando las cualidades que asombraron en el Mundial sub 20 de Malasia en 1997. Rui Costa le visitó tras el amargo adiós de la categoría de élite por parte del Real Zaragoza y le entregó su 10 para llevárselo al Benfica, donde volvió a convertirse en un favorito del público: le llamaban El Mago. En Portugal ganó una Liga y cuatro Copas. «Yo iba a ir a Inglaterra, pero que un hombre como Rui Costa se tome un avión, vaya a la puerta de tu casa y te diga ‘me voy a retirar, quiero que uses mi camiseta’… es imposible dejar pasar ese gesto. Después le agradecí haber hecho esto porque la pasé genial. Jugué en un equipo enorme con compañeros gigantes: Di María, David Luiz, Coentrao, Ezequiel Garay… todos jugadores que luego acabaron en los más grandes de Europa», afirmaba Aimar en una entrevista de Marca.
Los últimos coletazos
Podría decirse que se había jubilado ya en 2013, cuando emigró del Benfica al Johor de Malasia, pero la noticia de su regreso a River Plate había devuelto la fe a numerosos aficionados que, como Leo Messi, vieron alguna vez en Pablo César Aimar (Río Cuarto, 1979) a su futbolista favorito. Fue, sin embargo, un espejismo. Después de haber acumulado únicamente 45 minutos de juego en seis meses, el Payaso anunció su retirada del fútbol. Vio que no estaba en condiciones. Vio que su cuerpo y sus piernas dijeron ‘basta’. Lo dejó, y lo hizo en casa y con la misma sencillez y levedad con la que siempre acarició el balón. Don Pablito se fue para dejar paso a «los muchachos», a esos a los que siempre encandiló como nadie. No se recuperó del todo de una lesión en el tobillo derecho y no quiso «arrastrarse» por los campos de fútbol. Aimar, consumado prestidigitador con el balón en los pies, jamás se lo permitiría. «Al fútbol yo le he dado toda la pasión con la que he vivido. Soñaba jugadas antes de cada partido y las analizaba. La noche siguiente no dormía. Le di 25 años de entrega. A mí hay un montón de palabras que no van. Decirle trabajo al fútbol no se puede, no se juega como para cumplir. El fútbol es un juego», sentenciaba Pablo César Aimar, un futbolista especial, de aquellos que, como advirtió Maradona, satisfacen a quien paga una entrada para verlos y que Johan Cruyff refrendó la afirmación: «Sólo por verle, vale la pena gastarse el dinero».

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