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Ronaldinho, el ilusionista fugaz

Existen futbolistas que al mismo tiempo que son capaces de llevar a la desesperación a cierto tipo de entrenadores, logran levantar al público de sus asientos con la misma facilidad. De repente controlan el balón, se iluminan, se disparan y dejan en los estadios un rastro imborrable que obliga a aplaudir sin importar los colores. A ese perfil de futbolista respondía Ronaldinho Gaucho. Un ilusionista de alta escuela con el balón en los pies.

Ronaldinho, el ilusionista fugaz. / Foto: Nike.com

El día que Brasil conoció de verdad quién era ese chico delgado, lleno de rizos y dientes exagerados, se jugaba la final del campeonato regional, nada menos que un Internacional-Gremio, el gran clásico de la ciudad de Porto Alegre, quizás el único rincón de Brasil en el que un agónico robo de balón o una esforzada carrera de cualquier defensa se celebra tanto o más que un buen regate. Las aficiones de ambos equipos querían rememorar glorias demasiado lejanas, y para ello se entregaban a sus ídolos del momento: el del Internacional era Dunga, excapitán de la selección en el Mundial 94 que, a sus 35 años, alargaba su carrera. La torcida de Gremio presentaba en sociedad (era su primera final) a Ronaldinho Gaucho (Porto Alegre, 1980). Dicen que después de aquel partido, la ciudad ya nunca fue la misma.

Con la ‘Canarinha‘ debutó un 30 de junio de 1999 con un gol que iba a dar la vuelta al mundo. Brasil ganaba a Venezuela en la Copa América. En el segundo tiempo, Wanderley Luxemburgo, el seleccionador en aquella época, dio la alternativa a un larguirucho de 19 años con mirada pícara y paso desgarbado. A los diez segundos, el nuevo aceleró por la derecha, recibió una pelota cruzada, la pinchó con su pie derecho sin que segara el césped y, tras unos toquecitos, como si la acariciara para ganarse su confianza, la elevó por encima de un rival, regateó a otro y enganchó un zapatazo que despeinó al portero. En Brasil, siempre ahítos de estrellas, se volvieron locos. Y surgieron dos dudas: ‘¿cómo llamaremos a este Ronaldo?’ y ‘¿qué gol de Pelé fue el más parecido?’. El primer acertijo fue resuelto con prontitud: Ronaldi-nho, por respeto al interista. El segundo todavía va para largo.

En el 2001, despúes de negociar con el PSV Eindhoven y el París Saint-Germain (PSG), el brasileño llegó a un acuerdo con los franceses que se hizo oficial el 17 de febrero. Debutó frente al Auxerre el 4 de agosto en el minuto 62. No marcó pero dejó muestras de lo que había venido a hacer a Europa. Únicamente le bastaron cinco partidos. Deslumbró al público galo y los mejores equipos del mundo pusieron sus ojos en el joven de la eterna sonrisa. Sólo le faltó ganar títulos, cosa que estuvo cerca de conseguir en la final de la Copa de Francia (2002-2003), precisamente frente al equipo que debutó, y que acabó perdiendo por 2-1. Desengaños, malentendidos y un sinfín de historias le llevaron a abandonar la disciplina de Les Parisiens después de vestir durante dos temporadas la camiseta de los del Parque de los Príncipes. Eso sí, no sin antes haber conseguido ese mismo verano, el Mundial de Corea y Japón de la mano de Luis Felipe Scolari con Brasil, marcando golazos como este.

La llegada a Barcelona

Ronaldinho en su presentación con el presidente Joan Laporta. / Foto: FCBarcelona.es

Ronaldinho en su presentación con el presidente Joan Laporta. / Foto: FCBarcelona.es

Encallado en el París Saint-Germain, decidió apostar por el Barça para proyectarse hacia el infinito y más allá. Buen compañero, exigente, generoso y sin la candidez de algunos de sus compatriotas, Ronaldinho contribuyó de un modo decisivo a afianzar a Laporta y Rijkaard. Su sonrisa diluyó la crispación y su fútbol, a ratos demagógico y plagado de experimentos, encandiló a los amantes del lado más artístico de este deporte.

Irrumpió en el aeropuerto de El Prat, camuflado con unas gafas de grandes dimensiones, el saludo surfero por bandera y una R de oro blanco y brillantes engarzada al cuello. Su seña de identidad era, sin embargo, dos incisivos rebeldes y alborotados que deterioraban su fotogenia, pero que encandilaron a la afición del Barça de inmediato. Una impronta tan característica como sus goles -110 con la camiseta azulgrana en 207 partidos-.

Rutinario en los tiros libres, Ronaldinho fue imparable con el balón en movimiento. Nadie ha superado su gol en Stamford Bridge, o el tanto que le metió al propio Milan en el Camp Nou después de perforar a los centrales rossoneri, o los dos eslaloms que se marcó en el Bernabéu ante Casillas, que flipaba mientras los hinchas blancos aplaudían con señorío. El 10 interpretó mejor que nadie el fútbol de la mítica delantera brasileña de los setenta. Ronnie tenía un poco de Jairzinho, una pizca de Gerson, algo de Pele, un trozo de Tostao y la pierna de Rivelino.

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Ronaldinho en un partido con el FC Barcelona. / Foto: FCBarcelona.com

Su mirada pícara y sonrisa contagiosa despertaron al Camp Nou de una larga melancolía. Su paso desgarbado y regates endiablados enamoraron al pueblo culé después de años de apatía. Su fútbol, reivindicativo de los mejores brasileros, y dianas antológicas descorcharon títulos en can Barça tras un lustro de sequía. Ronaldo de Assís Moreira, Ronaldinho, (Porto Alegre, 1980), llegó al Barcelona un 21 de julio de 2003 y su crecimiento parecía no tener techo. El Barça, con el 10 brasileño como emblema de juego, se alzó con dos Ligas (2004/2005 y 2005/06), dos Supercopas de España (2005 y 2006) y una Liga de Campeones (2005/06). Y cada vez que el Ronnie levantaba sus dedos índice y pulgar, el barcelonismo le rendía el mejor homenaje que podía recibir: sonreía. A su palmarés individual también sumó recompensas: Fifa World Player (2003-2004 / 2004-2005) y Balón de Oro (2004-2005).

El problema fue que tras cinco temporadas llenas de magia y espectáculo, la llama se fue apagando. Hubo un día en que las espaldinhas y las elásticas se tornaron en jugadas fallidas, como si hubiera envejecido de golpe y fuera incapaz de adaptarse a su propio juego. Al Gaucho le pudo el abandono y acabó por traicionar al oficio. Lo intentó con largas sesiones de gimnasio pero su regresión le terminó ganando la partida y decidió volar a tierras italianas en busca de volver a ser aquel futbolista que convertía la cosa más banal en algo extraordinario con el balón en los pies.

El estancamiento

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Ronaldinho llora en un partido con el Atlético Mineiro. / Foto: AEC

Milan, Flamengo, Atlético Mineiro, Querétaro, Fluminense y hasta hoy, sin equipo. 35 años y con un currículum futbolístico venido a menos. Su eterna sonrisa y el gesto del ‘buen rollo’, que ha hecho mundialmente famoso, delatan que vive bajo la alegría perpetua. Disfruta y no lo esconde. Como tampoco puede ocultar que su carrera hubiera podido ser mucho más exitosa de no ser por su libertinaje.

Ramón Besa, periodista de El País, hizo un brillante análisis en el Informe Robinson que Canal+ dedicó al declive del jugador: «Cuando Ronaldinho consigue ser el mejor jugador del mundo, creo que se libera de todos los traumas que le han motivado a ser el mejor. La muerte de su padre (…), la lesión de su hermano (…) Que una familia humilde pueda vivir acomodada. Y de golpe y porrazo, cuando ha hecho todo eso, él espera que lo lleven en volandas, pero la gente le sigue exigiendo que marque diferencias. Y él ya no puede, porque se ha dado un respiro (…) Jugaba a la velocidad de la luz y pasa a jugar a cámara lenta. ¿Por qué? Administra sus recursos».

Como los polvos mágicos, como un reloj de arena, como una vela encendida, Ronaldinho se esfumó. Hoy, en paz consigo mismo y en deuda con el fútbol, acepta un exilio que sólo pueden permitirse los deportistas inolvidables. Una y otra vez cambia de ciudad y cambia de camiseta, pero nunca cambia de rumbo. Luego desaparece sin ruido con su lámpara y su dentadura dejando una huella en los corazones de los aficionados. Ahora parece que China y la MLS (Estados Unidos) llaman a su puerta. El objetivo está claro: seguir convirtiendo un partido en un lugar para soñar donde la más inesperada pirueta alcanzaba la vida en sus pies. Ronnie se tomó al pie de la letra la famosa frase de Confucio: «Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida».

Vicente Tafaner / @VTafaner

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Acerca de Vicente Tafaner (16 Artículos)
Periodista. Estrené mi primer lápiz en Ahora Valencia. Le saqué punta en Tribuna Reservada. Utilicé mi primer bolígrafo en Levante-EMV y ahora pongo el recambio de tinta en el Valencia CF. Tengo una foto con Aimar, aunque eso no significa que sepa jugar al fútbol como él.

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